El hombre del desierto

Desierto Ciudad Juárez

—Fue muy difícil salir de Ciudad Juárez ¿no?— —Casi tanto como entrar— escuché decir a alguien mientras me despertaba. El autobús se había detenido y todo el mundo comenzaba a inquietarse. —Tuvimos suerte de que no nos pararan en el retén, sino imagínate, nos hubiéramos hecho horas en salir con tanto camión y tanto maleterío que traemos— dijo Cecilia, quien durante toda su vida había recorrido la monumental recta asfaltada de casi 400 kilómetros que separa a esta frontera con la capital del estado de Chihuahua.

—Voy a bajar yo nomás rápido, ustedes se quedan aquí porque me van a regañar si nos tardamos— le dijo Joaquín a Ángel. —¿Podemos bajar a fumar un cigarrito? Nomás acá en la puerta del autobús, no nos vamos a ningún lado— exclamé yo con un tono que denotaba urgencia y desesperación. Martín hizo una mueca y asintió antes de salir disparado al baño y a la tienda de conveniencia que había en el parador donde estábamos: una semana entera viajando todo el día, de ciudad en ciudad, de plaza en plaza, en un autobús junto a 35 personas y un baño, hacían que uno atesorara los breves instantes en que una bocanada de humo tenía el poder de distraerlo del hermoso y monótono paisaje del desierto.

Nosotros en el parador esperando a que el chofer comprara las medicinas para su dolor de estómago. Al fondo, las silenciosas dunas de arena que encendidas reflejaban los tonos rojos y naranjas del atardecer. Finalmente bajamos, prendimos unos cuantos cigarrillos y nos dispusimos a fumar. La caravana había sido larga y dolorosa: los relatos de las madres, de los hijos, de los hermanos, de la guerra… Recorrer la geografía del terror duele, y duele mucho.

—Unos lentes de a veinte jóvenes— nos gritó aquel hombre, con la voz y la pericia de un vendedor consumado. —¿No quieren unos lentes de a veinte? Se los pueden probar si gustan—.

Nadie pensaba en comprar lentes en aquel momento, ni siquiera para ocultar los ojos hinchados de tanto llorar y poco dormir; así que se lo hicimos saber al señor, quien de igual forma se dispuso a observarnos cómodamente sobre el aparador ambulante en el que ofrecía sus mercancías.

Después de un tiempo, finalmente se dirigió a nosotros —Así que son todos ustedes los que vinieron hasta acá con el poeta ¿Verdad?—.

—Sí, respondimos, venimos a acompañar al poeta, a Javier Sicilia.

—¿A él le mataron a su hijo verdad?

—Sí, lo encontraron junto a otras personas en la cajuela de un auto hace seis meses en Cuernavaca.

—Y todos ustedes, ¿Vienen desde allá? ¿Desde tan lejos? ¿Sólo por él?— exclamó sorprendido.

—Sí, venimos de la Ciudad de México, de Cuernavaca, de Oaxaca, de Puebla, de Chiapas, de todos lados—.

—Venimos a construir entre todos la paz, la justicia y la dignidad, por el hijo de Javier Sicilia, pero también por todas las personas que han muerto en esta guerra estúpida — añadió alguien más.

Todos asentimos.

El vendedor nos escuchó atentamente y de nuevo volvió a su aparador, desde donde continuó mirándonos en silencio, con la actitud de meditar profundamente lo que le acabábamos de decir. Observé entonces su rostro, sus facciones gruesas curtidas por el sol del verano y las nevadas del invierno, vi sus manos arrugadas por la arena hirviente, los escasos dientes que conservaba y la ropa remendada una y otra vez con la que se cubría. En ese momento, un pensamiento cruzó mi mente: —Si durante estos años he aprendido algo, es que la gente del desierto es asombrosa. Es como si el vivir en ese ambiente tan inhóspito les dejara una marca de sabiduría en el alma, una marca que ellos mismos no controlan y que se cuela por sus miradas y por sus palabras, siempre tan pocas y tan duras, pero siempre tan terriblemente sensatas—.

Después de varios cigarrillos consumidos el vendedor se dirigió de nuevo a nosotros. —Muchachos— nos dijo, e hizo una larga pausa —Que bueno que vengan hasta acá ustedes, y que bueno que acompañen al señor poeta en su dolor. Se siente muy feo eso de perder a un hijo. De veras que yo se d’eso. A mi también me mataron al mío hace apenas quince días. Lo encontraron tirado en la carretera, pero él no andaba en malos pasos, se los juro, él me ayudaba con la venta ¿ven?— aseveró mientras señalaba la fotografía que yacía en el cristal de su viejo aparador portátil donde se adivinaban dos figuras masculinas abrazadas, padre e hijo juntos, tal vez por última ocasión.

Como decenas de veces en esa semana, el tiempo se detuvo y un silencio sepulcral se apoderó del ambiente. Después, sólo la sensación. La misma sensación de rabia e impotencia que nos había inundado durante todo el viaje. La garganta cerrándose, los ojos resecos; el vacío que las lágrimas no llenan: el dolor ajeno que desgarra como propio. Y luego, más silencio. Cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta mil silencios y contando.

Fue entonces que el apresurado regreso del chofer rompió el forzado sosiego de aquel atardecer en el desierto de Juárez. —¡Vámonos! ¡Vámonos!— gritaba Joaquín. Agitado, el chofer corría de vuelta de la tienda con todos los encargos que le habíamos hecho: agua, refrescos, papas fritas, pan de dulce, medicinas. —¡Vámonos! ¡Súbanse! Ya estamos bien retrasados— nos gritaba con tono enérgico y desesperado, —¡Apúrense hijos! Luego compran lentes, ya se va a oscurecer—.

Sin saber bien qué hacer, agradecimos precipitadamente al vendedor y subimos al autobús, Joaquín subió atropelladamente detrás de nosotros y puso en marcha el vehículo.

Él hombre no dijo nada, sólo nos siguió observando y cuando el chofer cerró la puerta, alzó su mano agitándola en señal de despedida. Con lágrimas en los ojos no pude dejar de observarlo hasta que conforme nosotros avanzábamos, su frágil silueta despareció en el horizonte de ese gigantesco desierto ensangrentado.

Nunca volvimos a saber nada de él.

                          *

Vlad Temporal

@VladTemporal

Anuncios