El compromiso 35 y el piso 51: Peña Nieto, los empresarios y Occupy Wall Street.

New York City

No es un secreto para nadie que en fechas recientes el candidato de las (así llamadas) izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, ha tenido acercamientos de gran trascendencia con la cúpula empresarial que constituye un poder fáctico en nuestro país. Estos encuentros han sido fruto de la pragmática estrategia de amor y reconciliación del tabasqueño, quien parece haber comprendido la lección de 2006: No es de sabios hacerse de tan poderosos enemigos gratuitamente. La propuesta de López Obrador pretende invitar a los empresarios a contribuir equitativa y responsablemente (dejando de evadir impuestos) a la regeneración de un país que no sólo lleva a cuestas décadas de corrupción de gobiernos priístas, sino que a su vez, carga con el estigma de una guerra que se ha llevado la vida de más de cincuenta mil mexicanos en el sangriento sexenio de Felipe Calderón. La pregunta sigue en el aire ¿Logrará cumplir su objetivo?

Por su parte, la estrategia del candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) Enrique Peña Nieto, es realmente perversa. Frente a la transformación solidaria propuesta por el tabasqueño, el mexiquense parece decirle a los empresarios: ¿Para que quieren cambio? Si así como estamos y conmigo, les puede ir mejor. Por ello, para descubrir la tétrica magnitud de las recientes propuestas del priísta, procederemos a explorarlas a la luz de los acontecimientos ocurridos en la ciudad de Nueva York a partir del mes de septiembre de 2011, justo diez años después de uno de los eventos que más contribuyeron a detonar ese proceso que un buen amigo caracterizó como neoliberalismo de guerra.

Si una consigna en común podemos identificar en el movimiento Occupy Wall Street, así como en muchos otros (notablemente en el caso español y en la primavera árabe), es la lucha por el cumplimiento de lo que se denominó Democracia Real, es decir, un sistema político en el que son los ciudadanos quienes efectivamente construyen su propio proyecto histórico, económico, político, social y cultural en un territorio delimitado en nuestros tiempos por fronteras estatales. Sin embargo, siguiendo esta premisa, podemos reconocer un punto de divergencia fundamental entre las movilizaciones del año pasado:

Mientras que en los países del sur global que vivieron estas protestas (Túnez, Egipto, Libia, principalmente) la consigna democrática se dirigía contra las estructuras político-militares de corte dictatorial que concentraban el poder al interior de cada Estado; en el norte (Estados Unidos, España) el argumento democrático iba dirigido en contra del sistema económico y financiero desigual e injusto, por medio del cual el 1% más rico mantiene secuestrado al Estado para desgracia del otro 99%. Ambos movimientos podríamos decir, denotaban hilos comunes que eventualmente hubieran podido converger en la toma de conciencia sobre la responsabilidad global de un sistema internacional de acumulación y desposesión que a la vez que sostiene dictadores en el sur, elimina derechos económicos, políticos y laborales en el norte: El 1% es una clase tan genuinamente transnacional y globalizada como la pobreza que su enriquecimiento ha requerido. No olvidemos que el hombre más rico del mundo es mexicano.

El caso de México es significativamente particular, pues de cara a las elecciones de julio próximo tenemos que admitir que, si bien ninguno de los candidatos representa una alternativa estructural al sistema capitalista internacional del modo que sucede en países como Bolivia, Venezuela o Cuba; sí existe un candidato capaz de recrudecer no sólo la violencia que afecta a nuestro país manteniendo a las fuerzas castrenses en las calles como ya ha prometido, sino que su proyecto consiste precisamente en profundizar la agenda de reformas estructurales necesarias para optimizar la integración de nuestro país al sistema dominante en una posición subordinada. No gastaré líneas hablando de Josefina Vázquez Mota, su candidatura no me parece más que una máscara que pretende ocultar el arreglo entre las cúpulas de los partidos de la derecha —el PRI y el Partido Acción Nacional— para brindar impunidad al débil y criminal gobierno saliente de Calderón a cambio de una nueva transición bendecida por la humilde aceptación de la derrota panista. Así pues, continuemos con el análisis sobre las propuestas de Enrique Peña Nieto.

El candidato del PRI asistió el día 23 de abril al conocido club privado Piso 51 (http://www.piso51.com) el cual es un punto de referencia, encuentro y descanso para muchos de los más grandes empresarios de México. Ahí, el priísta firmó «con su letra fea» su compromiso número 35: «Constituir el Consejo Consultivo Empresarial para el Crecimiento Económico y el Empleo» organismo cuya función sería proponer al gobierno federal políticas públicas orientadas a dichos fines. Entre los empresarios que desde ahora forman este Consejo (el cual trabajará activamente durante la campaña) encontramos a Eduardo Ruiz Esparza de AXTEL por el sector telecomunicaciones; Eduardo Sánchez Navarro de Grupo Aeroportuario del Pacifico por el sector turismo; Flavio Antonio Díaz, de Bombardier (empresa de origen canadiense) por la industria aeroespacial; Juan Cortina de Grupo Azucarero México y Salomón Presburger, ex presidente de la Confederación de Cámaras Industriales (CONCAMIN) por el sector manufacturero; Blanca Treviño de Softeck por el sector de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones y Enrique Gómez Junco de Óptima Energía por el sector energético. Todo ello sin contar los arreglos hechos en la sombra con empresarios extranjeros quienes constitucionalmente, están impedidos de participar en la política mexicana de manera pública.

Es fundamental recalcar que consideramos sumamente peligroso dar tal poder a los empresarios dentro de un órgano que, si bien tendría un carácter consultivo, no perdería por ello su naturaleza oficial. Dado que la función de una empresa es generar ganancias para sus dueños; el problema surge a raíz de que éste objetivo —la acumulación capitalista— se basa fundamentalmente en la explotación de los trabajadores, por lo que históricamente el gobierno y los empresarios se han opuesto fervientemente a incrementar e incluso sostener los derechos para los trabajadores mexicanos, que para colmo, cuando no están cooptados por estructuras sindicales corporativistas todavía funcionales al otrora partido hegemónico (PRI), representan una masa desorganizada para quien términos como prole, proletario o asalariado resultan insultos y que además, parece haber naturalizado las injusticias que consuetudinariamente sufre: vacaciones inexistentes, horas extra sin pagar, bajos salarios con largas jornadas, contratos de trabajo flexibles que no permiten generar antigüedad ni prestaciones como seguridad social o ahorro hipotecario, pensiones privatizadas, entre muchos otros diarios etcéteras. Eso sin contar las políticas públicas que parecen estar dirigidas en contra de la gran mayoría de la población que busca sobrevivir en la miseria, optado por la economía informal, la migración o el crimen organizado.

Es por ello que el proyecto detrás del maniquí que es Peña Nieto resulta sumamente peligroso, pues no sólo pretende aumentar la concentración del poder en los mismos actores acusados en Madrid y Wall Street: el 1% mexicano y transnacional; sino que además, el regreso del PRI a Los Pinos representa por definición un retroceso a las peores prácticas antidemocráticas contra las que los pueblos se rebelaron y lucharon dignamente en la plaza de Tahir, en Bengasi y en Túnez: Tal es pues la doble amenaza contra la que nos enfrentamos quienes trabajamos desde nuestras trincheras por un México más justo y equitativo para ese 99% ignorado y vilipendiado del que también formamos parte —La prole— como gustan llamarnos la hija y el yerno de Peña Nieto

Por todo ello es que creo que hoy tenemos una nueva y urgente responsabilidad histórica: NO permitir que el proyecto detrás de Peña Nieto triunfe, a riesgo de condenaremos a nosotros mismos a aguantar todavía más sufrimiento sólo para terminar reventando como lo hicieron los árabes. Es momento pues de indignarnos, organizarnos y actuar: Si la respuesta más eficiente es el voto útil por Andrés Manuel o la abstención y el fortalecimiento de la organización autónoma, es una decisión que corresponde al fuero de cada uno. Sin embargo, la única opción que no es aceptable en este momento es la de no hacer nada.

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Vlad Temporal

@VladTemporal

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